mcp México y la cuenca del pacífico Méx.cuenca pac 2007-5308 Universidad de Guadalajara, Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Departamento de Estudios del Pacífico 00001 Opinión invitada La política exterior de México en la era Trump Chabat Jorge * Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), profesor-investigador de la División de Estudios Internacionales. Profesor invitado en el Departamento de Estudios del Pacífico del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Centro de Investigación y Docencia Económicas Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) División de Estudios Internacionales Mexico May-Aug 2017 6 17 9 12 Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons

Desde la expropiación petrolera de 1938 la cual, al final, fue apoyada por el gobierno de Roosevelt, la política exterior de México se ha articulado en torno a un supuesto fundamental: Estados Unidos apoyaba a los gobiernos mexicanos a cambio de estabilidad. Sobre ese supuesto se articuló el resto de las relaciones internacionales de México. Dado que el gobierno estadounidense estaba dispuesto a apoyar a México en su desarrollo económico y, al mismo tiempo, le perdonaba la escasa democracia que se vivía en el país, el resto del mundo pasó a un lugar secundario. La verdad es que dicha política tenía sentido: Estados Unidos era nuestro principal mercado y, al mismo tiempo, la primera potencia mundial que protegería al país de cualquier agresión externa. Así, el poder de negociación que México tenía debido a su frontera —y que no tenía ningún otro país latinoamericano— permitió a los gobiernos mexicanos negociar un trato especial en varias áreas. Esta “relación especial” marcó el contexto en el cual se negoció a principios de los noventa el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) e hizo que la política migratoria de Estados Unidos fuera bastante tolerante con los millones de mexicanos indocumentados que llegaron a ese país durante todo el siglo XX. Adicionalmente, el Gobierno estadounidense actuaba como salvador en las recurrentes crisis económicas, notoriamente en la de 1982 y la de 1994.

La concentración de la política exterior mexicana en nuestro vecino del norte fue criticada durante muchas décadas por sectores de la opinión pública y de la academia, quienes pensaban que México debería acercarse a otras regiones, sobre todo América Latina, a fin de ser menos vulnerable frente a Estados Unidos, especialmente cuando la economía de ese país iba mal y tenía repercusiones en México. Sin embargo, la verdad es que las fuerzas del mercado iban en dirección contraria y que los esfuerzos por diversificar las relaciones de México se estrellaban siempre con la fría lógica de los números: el principal mercado de México estaba en el norte y los intentos por cambiar esa situación resultaban poco rentables dada la integración de los procesos productivos con América del Norte, los costos de transporte y las barreras arancelarias que imponían otros países. Adicionalmente, los intereses geopolíticos de México no han ido nunca más allá de su entorno inmediato. Por ello, los esfuerzos de concertación que llegó a hacer México con otros países —fundamentalmente algunos de América Latina— se dieron en torno a problemáticas concretas que podían afectar la estabilidad interna, como fue la crisis centroamericana de finales de los años setenta y principios de los ochenta.

El anterior panorama no estuvo exento de conflictos con Washington, como fue la deportación masiva de indocumentados en 1954, en la Operación Wetback, o la sobretasa a las importaciones de Estados Unidos que impuso el Gobierno de Nixon y de la cual México no fue exentado. Hubo también conflictos serios en torno al tema del narcotráfico, como fue el desatado a raíz del secuestro y asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, en 1985. Otros puntos de fricción fueron la actividad de México en el Grupo Contadora a principios de los ochenta y la negativa a apoyar la guerra de Estados Unidos en Irak en 2003. Sin embargo, al final esos conflictos se subordinaban a los intereses comunes y a la lógica de una relación interdependiente.

La llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos y la crisis de la “relación especial”

La victoria de Donald Trump en las elecciones de noviembre de 2016 plantea una ruptura clara con el patrón establecido en la relación bilateral de las últimas décadas. El discurso del Trump candidato y del Trump presidente pone en duda la lógica de la “relación especial” con México. En este discurso México ya no es el aliado comercial ni estratégico con el cual hay que cooperar, sino una fuente de amenazas para Estados Unidos. Éste es un escenario que no se presentaba desde los conflictos con Washington en los años veinte y treinta del siglo pasado en los cuales incluso se llegó a especular sobre una posible invasión estadounidense a México. Desde este punto de vista, el Gobierno mexicano enfrenta un panorama para el cual no hay experiencia previa inmediata. No sólo se ha acrecentado la posibilidad de deportaciones masivas de indocumentados mexicanos,1 sino que la piedra de toque de la relación comercial con Estados Unidos —país que concentra alrededor de 2/3 de nuestro comercio— 2 el TLCAN va a ser revaluado y puede ser cancelado. Ese panorama ha encendido las alarmas en el Gobierno mexicano pues su impacto en la economía interna puede ser devastador. Pero también ha hecho revivir el discurso de la diversificación. Quienes por razones ideológicas veían con desconfianza el acercamiento con Estados Unidos, comienzan abiertamente a sugerir la conveniencia de reorientar nuestras alianzas comerciales e incluso políticas. En este sentido, se insiste en acercarse a otras potencias económicas, particularmente las asiáticas, como China, Japón, Corea o incluso India. Sin embargo, si bien las señales de la actual administración estadounidense sugerirían la conveniencia de buscar otros aliados, en el corto plazo tal opción presenta muchas dificultades. Cambiar los flujos de comercio no es algo que los Estados puedan decidir por sí solos. Finalmente, ése es un proceso en el que participan consumidores, productores y distribuidores de productos. Adicionalmente, existen ya alianzas comerciales en otras regiones del mundo en las cuales México no participa, las cuales no resulta fácil modificar. Por otro lado, algunos de los posibles socios son en realidad competidores de México pues producen productos similares, por lo cual México estaría compitiendo en mercados ya establecidos.

¿Golpe de timón en la política exterior mexicana?

Todo lo anterior no significa que México no debe buscar ampliar su espectro de alianzas comerciales y económicas en el mediano plazo. Sin embargo, ésta es una tarea que podría llevar varios años. En otras palabras, revertir el proceso de integración que se ha dado en América del Norte en las últimas tres décadas no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana3 y probablemente tampoco sea la opción más eficiente. Esto es, en el corto plazo el Gobierno mexicano tendrá que lidiar de la mejor manera que pueda con Donald Trump y ciertamente repensar su política exterior en el largo plazo. Ahora bien, si la redefinición de la relación bilateral que busca Trump se vuelve permanente, México deberá recomponer toda su política exterior y buscar otras alianzas económicas y políticas. No obstante, es muy probable que los intentos trumpianos por modificar la relación con México enfrenten muchos obstáculos internos4 y externos y acaben por tener poco efecto. En todo caso, es evidente que el desafío que enfrenta la política exterior mexicana con la llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos no tiene precedente inmediato. La cancillería mexicana no está acostumbrada a lidiar con las políticas agresivas de un Gobierno que ha sido su aliado durante décadas. El gobierno de Peña Nieto deberá por tanto encontrar la forma de amortiguar el impacto negativo de las políticas del Gobierno estadounidense en el corto plazo y hacer una evaluación ecuánime del rumbo de la política exterior en el largo plazo. En este proceso habrá muchas tentaciones de alianzas que a la larga pueden ser inviables. Buscar nuevas asociaciones comerciales y coincidencias con otras regiones del mundo es sin duda una opción inteligente que, sin embargo, debe analizarse con cautela. Finalmente, Trump estará en la Presidencia de Estados Unidos cuatro años —y en el peor de los casos ocho— pero un golpe de timón en el rumbo que ha seguido la política exterior mexicana durante las últimas ocho décadas puede durar mucho más y sus efectos pueden afectar a varias generaciones.

Martínez-Ahrens, J. (2017, 22 de febrero). Trump abre la puerta a las deportaciones masivas de indocumentados. El País. Recuperado de http://internacional.elpais.com/internacional/2017/02/21/estados_unidos/1487691683_765713.html

En 2015 las exportaciones a Estados Unidos representaron el 80% del comercio total de México. Dato recuperado de http://www.gob.mx/presidencia/articulos/relacion-mexico-estados-unidos-49795

Sobre el proceso de integración de América del Norte y la dificultad de revertirlo, véase la presentación de Jaime Serra Puche en el panel “Aspectos económico-políticos y el futuro del Tratado de Libre Comercio”, llevado a cabo en el ITAM el 17 de enero de 2017. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=4xx6tqatjki

México es un socio comercial importante para Estados Unidos, en particular para algunos estados como Texas o California. En 2015 México fue el segundo destino de las exportaciones totales de Estados Unidos y el tercer país de origen de las importaciones estadounidenses (WITS, 2017). Recuperado de http://wits.worldbank.org/countrysnapshot/es/usa/textview.

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